lunes, 22 de febrero de 2016

ELISA. LAS VENTANAS.




Elisa quiere vender su casa de la playa.

No puedo evitar sonreír. Me encanta esa casa. No tiene nada que ver con la que será mi Casa en Malibu, pero aún así me gusta. Dice que no puede abrir la ventana. Eso puede parecer absurdo, o trivial, o ridículo. Pero si la conocierais, os daríais cuenta lo que importante que es.

-Me gusta ver amanecer- Me dice Elisa -Me levanto antes que el sol, y como hace frío no bajo a la playa. Miro por la ventana. Miro el sol saliendo del agua y acariciando mi casa. Abro la ventana y dejo que el viento entre en mi habitación. El viento siempre me habla de cosas, de esas cosas que tú y yo sabemos. Por eso es tan importante abrir la ventana. Hace dos días no puede, ni ayer tampoco, ni tampoco hoy. Se ha quedado encajada. Eso es una señal.

-¿Una señal de que?. Le pregunto.
-Cuando una cosa ya no cumple su función. ¿De hacer?
-Abrir otra ventana- Le contesto.
-Pero las demás no dan al mar. Es esa la que deja entrar la brisa y el viento... sin el viento... lo sabes-

Lo se. Claro que lo se. Cuando eramos niñas nos escapábamos al bosque. Sobre todo los días en los que soplaba el viento. Nos quedábamos sentadas en una enorme piedra. En silencio. Yo miraba al cielo, buscaba el espacio libre que dejaban las ramas de los arboles. Pero Elisa miraba al suelo.
-¡Mira! escucha como se mueven las ramas- Le gritaba yo.
-No. Escucha como suena el suelo- me contestaba ella.
-¿El suelo?-

Elisa decía que el viento le traía todas las pisadas que había sobre ese suelo. Y con las pisadas, las voces de los que iban dentro de esos zapatos. Y con las voces, las vidas de los que anduvieron antes por allí. Y con esas vidas, Elisa aprendía.

-No quiero una casa donde las ventanas se atasquen- Me dice.
-Sal por la puerta a la playa-
-No solo hay que poder salir sino que también hay que poder entrar-
-Elisa, entras y sales por la puerta-
-Isabel, se entra y se sale por las ventanas-

Y me callo. Si Elisa dice que se entra por una ventana, ahí hay un misterio. Mañana mismo lo haré por mía.

Elisa venderá su casa de la playa, seguramente después de llamar a un cerrajero.

lunes, 15 de febrero de 2016

ISABEL. LA ASIGNATURA PENDIENTE.


No sé si sabemos realmente lo que es Amar, lo que es amor. Tengo mis dudas. Ayer era el día de los enamorados. Hay un día para todo, aunque esté vacío. ¿Sabemos amar? ¿Qué es el amor? No ese amor pequeñito, no el amor con ese significado dado por defecto. No el amor del corazoncito rojo atravesado por una flecha. No el amor de la palabra que se nos instala rápidamente en la boca, pero no el alma. El amor puro, el que no puede ser definido con palabras ni comprendido desde la razón. El que no entiende de realidades, ni de tiempo, ni de tiempos, ni de normas, ni de conductas, ni de intereses, ni de carnes, ni de afinidades, ni de diferencias. Entiendo desde ese lugar oscuro y profundo que soy yo, lo que quieren decir todos esos mensajes ancestrales sobre que el motor del universo es el Amor. Lo entiendo. Sé que es realidad. Pero no sé si lo tenemos. No sé si nosotros lo vivimos. Creo que se nos ha quedado encerrado en la palabra que lo nombra, y ante tanta estrechura se ha marchado y la ha dejado vacía. Yo lo siento a ráfagas, me acaricia. Lo siento al mirar a mi hija, siempre, pero luego… lo pierdo. Lo siento cuando amo a alguien que no me ama. Lo siento cuando amo a alguien que no está. Lo siento cuando no puede reportarme nada, cuando no es útil, cuando es libre y no se instala en nadie. Es entonces cuando siento ese Amor. Y me sorprende. ¿Cómo puede sentirse tan profundamente cuando no parece tener sentido? Es entonces cuando sé que es Amor verdadero, de ese que flota en el universo, de ese que nos acaricia por instantes para luego seguir su camino. Cuando lo siento me siento grande y libre. Y entonces no existen las soledades, ni los miedos, ni los conflictos, ni las diferencias, ni las igualdades, ni ahora, o ayer, o mañana… solo existe Amor. Pongo la intención en me acaricie siempre. Amar sin necesitar nada a cambio. Amar con Amor.

Creo que el Amor es nuestra asignatura pendiente.


martes, 9 de febrero de 2016

ELISA. ISTHAR


-Yo soy un unicornio-.

-¡Pero lo unicornios no existen!-.

-Eso es lo que siempre dicen. Que no existen. Que son imaginarios. Que tan solo habitan en la ilusión y la fantasía de aquellos que viven con los pies colgando-.

Isthar pensaba que la mayoría de la gente que vivía en esta tierra lo hacía con los pies colgando. Así pues, ¿Qué problema había?

Isthar observaba a su alrededor e intentaba entender que hacia ella en esa tierra, una tierra real con vidas reales y gentes reales, si ella era un unicornio. ¿Formaba entonces parte de esa otra realidad fantástica sumergida en la mente de la gente a la que le cuelgan los pies? Quizá ese fuera el motivo por el que no la veían. Paseaba por las calles de esa ciudad, que también era la suya, vivía junto a ellos, trabajaba con ellos, y sin embargo no le prestaban ninguna atención. Tampoco escuchaban su voz, ni reconocían su presencia. Tal vez solo se trataba de esto: ¿Que hacía un unicornio paseando por la Gran Vía? ¿Qué tipo de tierra era esta en la que podía pasarse desapercibido? Desapercibir era un verbo inexistente allí de donde ella provenía. Convertirte en invisible era aquí muy fácil, no se necesitaba hacer uso de la magia, al menos para aquel que se convertía en invisible, tal vez la magia la poseía el que no veía, no el que no era visto. Estaba empezando a comportarse como la gente de aquí, siempre formulando preguntas con prisa, sin dar tiempo a las respuestas a acudir a ti, una pregunta, otra, otra más, muchas, hasta que el alma se aprisiona entre esos signos interrogantes por no haber dejado espacio para escribir una respuesta. La impaciencia. Ella seguía dejando esos huecos imprescindibles para poder seguir adelante. Avanzaba por la calle, una calle llena de bullicio, ruido y vida. Se sentía en cierta manera aliviada por no ser vista, no era fácil explicar que es ser un unicornio con las palabras de aquí. Los escaparates de cristal le devolvían su imagen y no se veía tan diferente de los demás. Debía haber mas unicornios paseando por esta ciudad ¿Por qué no podía verlos? Tal vez estaba tan imbuida de esta realidad que ella también había aprendido a hacer uso del verbo desapercibir. Se sentó en un banco y espero. No estaba dispuesta a olvidar quien era. Tarde o temprano encontraría a otro unicornio paseando por la Gran Vía. Sentada en esa calle bulliciosa y concurrida, la tarde se esfumo rápidamente. Al oscurecer, Isthar, desde su banco frío e incomodo, descubrió sorprendida como un pequeño unicornio se acercaba calle abajo ¡tras él otro más grande! ¡Y tras este otro más! Subiendo la calle, a su izquierda, un nuevo grupo de unicornios jóvenes, sentado en el suelo, entre cartones, uno hermoso y fuerte, toda La Gran Vía estaba repleta de unicornios como ella. Tal vez el único misterio de esta tierra es que los Unicornio habían olvidado que lo eran. Isthar paseo la calle rodeada por seres iguales que seguían ignorándola. –No importa- Pensó. Estaba segura de que si alguno de ellos encontraba su reflejo en el cristal de un escaparate descubriría quien era. A la gente de aquí le gustaba mucho mirar escaparates. Isthar ya no volvería a la Gran Vía.

martes, 2 de febrero de 2016

ISABEL MOMENTOS DE LUCIDEZ COTIDIANA


El mundo Ikea es un mundo realmente fascinante, y no me refiero al hecho de poder encontrar muebles para amueblar 50 metros cuadrados con todo lujo de detalles, me refiero a algo mucho más complejo. Para llegar hasta donde se encuentra el objeto que buscas tienes que recorrer todo el camino. Un camino placido lleno de maravillosas distracciones, de miles de posibilidades, millones de nuevas ideas, soluciones a problemas que ya tienes, y a problemas que tal vez tengas algún día. Soluciones, opciones y descubrimientos. Y te recorres toda la tienda sin rechistar, como si de una pequeña fiesta se tratase, o con el fastidio de todo ese mundo agotador por delante hasta llegar a la balda que buscas. Si prestamos atención, veremos que hay atajos, son pequeñas señales que nos acortan el camino y nos llevan directamente a dónde queremos ir sin necesidad de todo ese recorrido. Las señales están ahí a la vista y sin embargo no las vemos. Casi nadie las utiliza. Poca gente ataja y va directo al grano, a lo que realmente quiere, la mayoría lo visiona todo para, muchas veces, no comprar nada. Hoy al entrar instintivamente me pare un instante ante la bolsa amarilla y el pequeño lápiz, y me asalto la duda. ¿Soy de los que atajan, o de los que se recorren todo el camino? Se lo que quiero ¿Voy a buscarlo entonces, sin distracción? ¿Me perderé alguna novedad interesante si no hago todo el recorrido? ¿Podré superar la curiosidad? ¿Y si al atajar me salto lo que busco? ¿Por qué atajar si no tengo prisa? ¿Para qué recorrerlo entero si no tengo interés en nada salvo en una cosa? Ante mi propio asombro he vuelto a bajar la escalera, salir a la calle, subirme a coche y volver a mi casa.
La vida me habla y lo hace a veces de maneras tan surrealistas que me noquea.
Mañana vuelvo.

sábado, 2 de enero de 2016

TAN SOLO ES UN TÚNEL

Y sin quererlo, y sin darte apenas cuenta, entras en el túnel. Nunca antes te habían asustado. Sabes que tan solo son un paso, el paso que hará posible sortear esta montaña. El camino más corto y directo para pasar de un lado al otro. Solo es eso, tan solo es un túnel. Pero es un lugar oscuro, y estrecho, y sus paredes solo reflejaban la nada. Monótono, silencioso, largo y tenue… Una larga hilera de luces rojas que forman una línea recta, como una flecha indicando el camino hacia la salida, pero no puedes ver la punta de esa la flecha. No ves la punta de la flecha, no ves la luz del otro lado, tan solo silencio y monotonía, y ese parpadeo en rojo que te hace dudar. El corazón se te pone triste y no encuentras la manera de hacerlo sonreír…. Pero serán apenas unos minutos. Silencio.
Es entonces cuando tienes que cerrar los ojos y confiar. Saber que solo es un tránsito, solo es eso, transito. Y en esa cálida oscuridad te conviertes en pura física cuántica, y experimentas en un mismo y único instante, el viaje de tu cuerpo en todas las infinitas posibilidades de movimiento. Te encamina en todas las direcciones posibles en las que tu cuerpo puede ir sin moverse del sitio. Y es lo más real que nunca has sentido. Esa convulsión te hace explotar al descubrir toda esa infinidad de realidades.
Sabes que cuando menos lo esperes, el túnel acabará y volverá la luz dejando atrás esta montaña.
Tan solo es un túnel que hace posible avanzar en todas las direcciones. Sin él tendríamos que subir la montaña para después bajarla. Pero hemos elegido el interior porque sea el camino más rápido sino porque es el que nos corresponde.
Suspira profundamente, se lo mucho que agradece estas palabras. Mañana, Elisa me comprará flores.

sábado, 26 de diciembre de 2015

ISABEL. ATURULLADA.

La verdad… empiezo a estar perdida con esta palabra.
La escucho, constantemente. La pronuncio, incluso la siento, pero ahora, con más años, no encuentro la definición perfecta para ella. La he perdido.
Viví de verdad y resulto ser una verdad a medias, por no llamarla mentira.
Soñé de verdad y al despertar esa verdad se esfumó.
Sentí de verdad y al volver una esquina ese sentimiento se me quedo enganchado en ella y lo perdí.
Unos me dicen la suya, que no coincide con la de otros, ni con la mía.
Cuantos más paisajes miro más verdades encuentro, distintas y opuestas. Gentes que las defienden por encima de otras que no comparten, y entonces yo me aturullo, y me pierdo, y no se ya cuál es la verdad “verdadera”.
Pienso, analizo y me equivoco. Ya dudo de mi criterio.
Siento y también me equivoco. No sé si de esto dudo.
Quizá el gran error es intentar encontrar esa palabra pura y virgen. Esa verdad que nos aúne, que nos ayude a que todos podamos entendernos. Quizá ese sea el error que cometo. Buscar una palabra con mil definiciones para tratar de encajarla en un solo lugar.
Una palabra con tantas definiciones como voces la pronuncian.
Hoy estoy en un día extraño, donde dudo de casi todo, un día en el que pongo oídos a todas las voces y no me quedo con ninguna. Un día en el que respeto todas esas verdades pero me encojo de hombros y me marcho. Un día en el que dudo…Existen muchas realidades, las que se ven y las que no. Las que se viven y las que se sueñan. Las tuyas y las del otro. Demasiado barullo.
Hoy en verdad, la única verdad tengo, es que la encuentro en todas partes, de maneras tan distintas, que prefiero no pronunciar esa palabra, y lo digo de verdad….

martes, 15 de diciembre de 2015

Ahinoda


Hacía apenas unos días que Ahinoda había celebrado su cumpleaños. Hubo una hermosa fiesta en su reino. El palacio fue engalanado con flores y los habitantes habían sido obsequiados con vinos y frutas. Ése había sido el preciado regalo de su padre.

Ahinoda se había criado en un bello y gran espacio de luz y colores, siempre acompañada por su padre y los escasos habitantes del palacio. Había sido feliz y nunca había preguntado por la ausencia de su madre. No la recordaba y por lo tanto no la añoraba, hasta hace apenas unos días... curiosamente. El día de su cumpleaños, su padre quiso regalarle la historia de esa ausencia, una historia nunca reclamada por ella. Su madre era un nombre vacío, con un rostro plano en un camafeo y un mechón de cabello. Eso era su madre para ella, una imagen muda, y estaba bien así. Su padre en cambio, quería regalársela de otra manera. Era más importante para él que para ella. El había amado mucho a su esposa, Ahinoda simplemente lo había hecho desde el recuerdo que él le transmitía. Nunca le había faltado amor, y como conocía la calidad de ese amor eterno e incondicional, que desde que era muy pequeña, su padre le decía que le había tenido su madre, Ahinoda contestaba que ése era también el amor de un padre, que lo tenía, que ya disfrutaba. Se inquietaba por él, y por darle paz escuchó el regalo. Fue un regalo de voz rota y triste, proveniente de un rostro cansado y mayor. Un regalo de ojos oscuros que se vuelven atrás en el tiempo, se pierden en ese camino. Fue un regalo que le hizo perder la serenidad de la costumbre en su vida.

El día más caluroso del verano, cuando se había recuperado del peso de un nuevo año más, Ahinoda cubrió su cuerpo y su pelo con un brillante y suave vestido color niebla y descalza salió del palacio. Su padre nunca la había visto tan hermosa. Ahora ya era una mujer. Descubrirla así le hizo plenamente feliz. Aunque después nunca más volvió a verla.

Contó su padre cosas extraordinarias llenas de desconcierto. Relatos que no configuraban imágenes en su cabeza. Palabras nuevas venidas de un mundo extraño. Si no hubiera conocido bien a su padre, habría pensado que estaba perdiendo el juicio. Pero sabía que no era así. Sabía que era verdad. Una verdad alejada de todo lo que le había sido enseñado. Ahora su madre aparecía ante sus ojos como un ser inaccesible, escapado para siempre del tesoro de su camafeo. Había desaparecido esta vez para siempre. Ni siquiera en el recuerdo y en el amor de su padre pudo volver a encontrarla. Se le perdió de su vida y se convirtió en una obsesión. Su madre añoró siempre experiencias y sentimientos de mundos lejanos. Su padre supo siempre que soñaba con salir. Pero ignoraba de dónde.


Paseos, largos paseos siempre en círculo alrededor del palacio. Alejándose progresivamente para después regresar. El tiempo de la espera de la llegada lo había vivido caminando en círculo. Siempre fue feliz. No eran paseos angustiosos sino serenos, de encuentro, seguros. Una noche antes del parto, su madre confesó al rey que tendría que dejarle porque ya sabía dónde estaba la salida. Que partiría feliz, inevitablemente. Como feliz debía quedar él tras su marcha. Existía un lugar al que tenía que llegar aunque nadie lograra entenderlo nunca. Le dijo que su hija la encontraría algún día. Que el rey era el origen que haría posible la marcha y que por eso lo amaba. Lo ama profundamente y lo amaría a través del tiempo.

Al nacer ella, tal y como había dicho, desapareció. Su padre se sumió entonces en una profunda tristeza. Llegó a pensar, que quizá al ver a su pequeña hija no se marcharía. Nunca supo quién había sido la reina. La nodriza cuidaba de Ahinoda. El rey pasaba los días y las noches recorriendo los senderos tan queridos y visitados por la reina, intentando comprender lo ocurrido y hallar esa salida que conducía a otros reinos. Pero siempre encontraba los mismos, aquellos que conocía desde niño. No encontraba sentido al caminar en círculo bordeando el lago que rodeaba el palacio. Esa imagen del paseo circular de su mujer día tras día, se le había posado en la mirada como único paisaje posible. Enloquecía intentando descifrar el misterio. Recorrió el reino buscando a su reina, pero nunca la halló. Vencido, regresó al palacio con la certeza de abandonar la estéril búsqueda, y fue ese mismo día cuando la pequeña, al verle llegar, pronunció su nombre por primera vez. Entonces volvió a sonreír. Vivía feliz para hacerla feliz a ella. El sentido de su vida era acompañar a su pequeña hasta cierto día que esperaba fuese muy lejano. Deseaba ser muy mayor para poder reunirse con ellas de la única forma que podía hacerlo. Cuando Ahinoda se convirtió en una mujer, él le entregó su legado y así comenzó la cuenta atrás.

Acostumbraba Ahinoda a salir del palacio casi todos los días. Su reino era extenso. Muchos súbditos de su padre formaban parte de él. El rey se reunía con sus caballeros pero Ahinoda no los había visto. Quizá las gentes vivieran muy alejadas del palacio y ella no hubiera caminado lo suficiente para encontrarlas. Solo convivía con la corte de su padre, sus sirvientes que hacían fácil su vida. Y se preguntaba dónde estaba el resto de la vida del reino. Hasta entonces no sintió nunca curiosidad.

Un día más Ahinoda salió. Rodeaba el castillo un tranquilo lago de aguas claras y transparentes. Siete puentes permitían el acceso a su casa. Cada uno de ellos diferente al otro. Como si el maestro constructor hubiera querido reflejar en los accesos a su hogar todos los accesos del mundo. Al borde del lago, una amplia extensión verde, con flores de color amarillo y después, el bosque. Eligió para cruzar el lago el sencillo puente de madera, que desde el exterior conducía a la parte del palacio donde pasó su infancia. Al llegar al final, se descalzó y sintió en sus pies el frescor de la hierba. Avanzó solo unos pasos y se volvió. Su palacio parecía surgir del centro del lago. Una inmensa y orgullosa columna de agua. Color agua para las torres transparentes. Una gran gota de agua elevada hacia el cielo que danzaba sutilmente con el viento para convertirse en la imagen de un antiguo y hermoso palacio. Ese era su hogar. Ahí estaba su vida. A medida que se alejaba retrocediendo, observaba cómo el palacio reflejaba los alrededores, carente de existencia propia, de vida interior. Reflejaba, como lo hacían las aguas del lago. Con la distancia llegaba a desaparecer formando parte de la superficie del agua, reflejando el cielo, el verde y los árboles. Desaparecía tragado por el apacible lago. Sumergido. Solo imágenes del exterior en el agua. Sintió pánico al pensar que fuera real la pérdida de su mundo, absorbido por las aguas. Comenzó a caminar en círculo, rodeando el lago. Siempre era igual, sobre la superficie del agua, el reflejo de los alrededores. No estaba, no existía. Su palacio no aparecía ante sus ojos si se alejaba lo suficiente. Ahinoda comenzó a correr y, a medida que se acercaba, el palacio emergía de las aguas, escupido por ellas como una ofrenda hacia el cielo. Se diferenciaba del lago con vida propia, se hacía real. Frenó en seco, esa era la distancia de la existencia. Un paso adelante y reafirmaba su vida, un paso atrás y la perdía. Aquello perturbó mucho a Ahinoda. Tendría que hablar con su padre. Pensaba que los habitantes del reino no se acercaban lo suficiente al lago para poder verlos, quizá por esto nunca nadie venía a visitarlos. Solo veían las aguas del lago. Tenían que avanzar por la hierba hasta la orilla misma del agua para poder encontrarlos. No entendía cómo su padre, con sus múltiples salidas, no se había dado cuenta. Al contarle su inquietante descubrimiento, su padre se limitó a sonreír. La despreocupación del rey hacía que Ahinoda se preocupara aún más.

Cada día se alejaba más y comprobaba con la distancia, su inexistencia y la belleza de la magia que ello suponía. El palacio desaparecía y sólo el lago quedaba Engullía a sus habitantes, esto hacía que se sintiera sola y temiese por la vida de los que permanecían dentro. Desde el palacio su padre observaba la triste danza circular que ya había visto hacer a su mujer y que ahora repetía su hija. Ahinoda había llegado hasta el bosque, pero seguía sin encontrar respuestas. A veces pensaba que formaba parte de un sueño soñado por ella. Estaba desconcertada. Tan desconcertada como años atrás lo había estado su madre.

¿Dónde estaba la vida? Su padre le decía que allí donde estuviera ella. Pero Ahinoda seguía sin encontrarla. Obsesionada por la desaparición de su pequeña parte de realidad en esas aguas serenas y amables que la habían protegido toda su vida, paseaba en círculo día tras día alrededor del lago. Medía sus pasos para calcular la distancia de la presencia y la ausencia. De la belleza de su casa, del sereno reflejo del palacio, de la generosidad con la que le reflejaba todo aquello que la rodeaba y le hacía a la vez real e inexistente. Tanta generosidad que se perdía a sí mismo para dar vida a todo aquello que se miraba en él. Eso a Ahinoda le hacía llorar. Se preguntaba si el cometido de la existencia de su padre, el rey, era convertir en realidad el otro mundo. El mundo del silencio. Si era así, su padre, sus caballeros y sirvientes se convertían en la más hermosa muestra de amor que Ahinoda vería nunca, y ella formaba parte de esa magia para el mundo real. Lloraba y añoraba a las gentes que permanecían al otro lado. ¿Dónde? Aquellos que existían porque se reflejaban en las paredes de su vida.

Durante un tiempo amó y admiró a su padre mucho más que antes. Pero después comenzó a sentir deseos de pasar al otro lado. No sabía cómo. En el legado de la historia de su madre no encontraba la respuesta. El bosque era interminable a sus pasos. Conocía el palacio palmo a palmo, no había puerta que ella no hubiera abierto. ¿Por dónde saldría su madre? Si es que lo había hecho realmente.

Ese día, Ahinoda salió sin mirar atrás. Lo hizo por el puente más hermoso, el del rey. Descalzó sus pies y avanzó. Sentía cómo el lago abrazaba su casa, la transparencia que poco a poco envolvía su mundo, las fuertes paredes de piedra convertidas en agua. Sentía la emoción de esa pérdida temporal. El sol y el cielo en las altas torres, los árboles en sus paredes, las flores amarillas cubriendo los puentes. Ahinoda se dio la vuelta y volvió a sentir el familiar pánico de haberse perdido para siempre sin saber hacía dónde debía encaminarse. Se levantó un ligero viento. Su corazón latía en su garganta. Su pelo cubría sus ojos y el vestido se enroscaba en sus piernas. Comenzó a correr con un miedo terrible, pero con decisión, una vez hubo llegado a la orilla del lago, sin dudar un momento, con un vigoroso salto, se sumergió en sus aguas desapareciendo para siempre. Despreocupado el lago, recuperó su serenidad y belleza. La transparencia de sus aguas dejaba ver el fondo y sin embargo nunca más volvió a verse a Ahinoda.

Llegué a ese pueblo porque me perdí. Era un pueblo tranquilo de gentes sencillas. Un muchacho me acompañó al bosque. Un bosque lleno de luz y agua. Me descubrió un prado verde lleno de flores de color amarillo y en su centro un hermoso lago redondo, tan hermoso, que me hizo sentir una emoción lejana. Aguas claras y risueñas que reflejaban la belleza de aquello que las rodeaba. El muchacho me enseñó las ruinas de un antiguo puente a la orilla. Sobre una de esas piedras ambos nos sentamos. Apenas me hablaba, parecía poseer un secreto inalcanzable e incomparable con los misterios que una mujer de ciudad como yo podía conocer. Nada podía superarlo. Con su mano, me indicó que mirase a la superficie del lago.

Por un instante, sólo un segundo, una cinta de color verde intenso surcó la superficie en un zigzag rápido y vital, desapareciendo inmediatamente y dejando una onda suave en la superficie del agua. El muchacho me dijo que era Ahinoda. Esa cinta verde que saludaba al viajero desde las profundidades del lago, acariciando la orilla, formando un saludo tierno y mojado, era Ahinoda que sonreía a la vida por haber encontrado la puerta que conducía a las gentes de su reino. Al otro lado.

La vi muchas veces. Sentí la fuerza y la alegría de su saludo. Sentí, como todos los habitantes del pueblo, la nobleza del gesto de Ahinoda. Y la de su padre, y la de su madre.

Reposé con ella muchas tardes. Intentaba tocar su rápida y fugaz presencia. Solo una vez se enredó entre mis dedos. Sentí el poder de su historia, de sus vidas. Reconocí la presencia de su tiempo. Subí a una pequeña barcaza y me propuse encontrar la distancia precisa para volver a hacer real el tiempo de Ahinoda. Hacer real su palacio. Si hacía esto, quizás la obligase a regresar al interior. No lo logré. Volví a la orilla y me di un baño. Una hermosa danza de cintas verdes rodeaba mi cuerpo. También yo, mañana regresaría a mi casa.